¿Cuántas veces le haces caso a lo que sientes?
¿Cuántas veces te has dejado llevar por una corazonada, por un latido?
¿Cuántas veces has escuchado ese “no sé qué” que te dice que hagas algo o que, por el contrario, mejor no lo hagas?
Ese latido, esa corazonada, ese “como que no me late” fue Venecia para mí. Algo me decía que no tenía que ir ahí y que mejor me fuera a Nápoles.
¿Por qué? ¿Cómo es que pasó eso? No lo sé. Ahora que lo pienso, tal vez era la vida tratando de decirme algo.
Pero lo que sí sé es que si hubiera seguido “el programa” del viaje en lugar de mi intuición, no habría llegado justo ese día, ni me habría perdido para llegar a una pizzería mientras moría de hambre y no hubiera conocido a alguien que, de la nada, se volvió indispensable.
En Nápoles conocí lo mejor de Italia, la gente más cálida, la comida más rica. Nápoles me conquistó fácilmente y sin piedad.
En Nápoles me enamoré, así nomás, sin pensarlo y sin darme cuenta. Así que, esta entrada (breve como es) es para agradecerle a Venecia el haberme mandado esas señales y dejarme ser parte de una historia irrepetible y de película (breve como es, aunque no se sabe, nada está escrito hasta que se escribe). Es también un reconocimiento a mi corazón por dejarse llevar y a la vida por ser tan encabronadamente sorprendente.
Venecia fue el viaje que no hice y que se convirtió en el mejor viaje de mi vida. Allora, ¡grazie Venezia!