Las últimas semanas -que, por no publicar a tiempo esta entrada, se hicieron meses- anduve cansada y distraída, haciendo poco pero pensando mucho.
¿En qué me distraje? En dormir, estar con mis gatitos, trabajar, leer y ver un montón de tele. ¿En qué pensé? En por qué durante el viaje extrañé a quien extrañé, en cómo fue que ya tengo 45 años, en qué sigue ahora que oficialmente ya no soy tan joven, del privilegio que es envejecer y de lo breve que es nuestro paso por este mundo -pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión-.
Retomando el viaje
Este viaje a las Europas fue uno de esos que pensé que nunca haría… muchas ciudades, muchos trenes, muchos pasos, pero “poco tiempo”.
Poco tiempo para descubrir con calma, para probar algo nuevo, para platicar y hacer nuevos amigos, para echar la chela y echar la hueva, para respirar y hacer consciente la fortuna y alegría de estar pisando esas tierras tan lejanas a mi hogar.
Para darme cuenta de que estoy cumpliendo mi sueño de conocer el mundo.
Hay mucho aprendizaje en la incomodidad. Aprendí a compartir espacio y tiempo tipo internet, (24/7), a conocer nuevos límites y racionar mi energía. A que adaptarse no siempre implica estar de acuerdo.
Viviendo el sueño
Y, aún así, pasarla bien. A compartir las alegrías, a medir los felizómetros ajenos. A ser testigo de logros abismales y de cómo, si “haces casita” para abrazar a alguien, cuidarla y echarle harta buena vibra se pueden vencer algunos de los miedos más profundos.
De compartir enojos, risas, música, pláticas, series de anime y acercarme un poco a conocer almas en crecimiento.
De aportar mi experiencia para hacer la vida de otros un poquito más ligera y de aprender a alimentarme de las experiencias de quienes amo.
Me costó un tiempo de silencio y de calma el terminar de regresar del viaje. Pero bueno, se logró y ora sí, amigos… ¡ya llegué!












