Antes del viaje y después del viaje
Antes de empezar a relatar este nuevo viaje les quiero platicar un poco de lo que sucedió después de aquel otro viaje, “el que me cambió la vida”. Suena bien cliché, ¿cierto?
Me hubiera gustado que así fuera, un cambio cliché. De esos cambios que pasan de a poco, gentilmente, sin abruptos y te hacen sentir que la vida es bella, que el mundo es sólo uno y que tú eres uno con él (algo como lo que pasa con “la fuerza”).
De esos cambios sin resistencia que te hacen ser más feliz, aceptarte, amar más a tu gente -darte cuenta de quién es tu gente-, amar más lo que haces.
El después de “El viaje que me cambió la vida” estuvo muy lejos de ocurrir así. El regreso fue tan pero tan difícil que por primera vez en mi -desorganizada pero siempre planeada- vida no tenía idea de qué hacer conmigo.
No sabía qué quería ser ni hacer ni cómo hacerlo, ni en dónde estar, ni dónde vivir, ni cómo vivir. Cada día se me ocurría un nuevo plan y estaba como una brújula descompuesta: sin norte y sin dirección. Y enamorada de alguien a miles de kilómetros de distancia.
No me podía concentrar, mi negocio se quedó sin clientes, mi cuerpo sin espíritu y rápidamente me fui a la quiebra. Quiebra financiera, laboral, mental… se sentía todo como si estuviera en ruinas. En el ínter, un sismo derrumbó mi ciudad y todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí.

Si nos tiran dos veces… ¡nos levantamos tres! Ilustración: Pictoline
Esto también pasará
Pero aquí viene una de las máximas de la vida: todo es temporal.
-Lo bueno de que algo esté destruido es que lo puedes volver a construir. Y darle la forma que tú quieras.-
Hay que tener en cuenta que nada es permanente y qué bueno, si no, imagínense cómo podrían ser las cosas. Costó trabajo, mucho trabajo y mucho corazón salir del bache, pero esta vez no lo hice sola -¿acaso alguna vez alguien puede hacer algo solo, solo, solito, sin la ayuda de alguien más?-. Hay muchas manos que me ayudaron a levantarme -gracias queridos amigos, ahora somos más hermanos que antes
-.
Y la luz siempre presente del amor.
El amor como motor.
El encuentro con otro que te impulsa a ser la mejor versión de ti mismo, que sin ningún esfuerzo saca lo mejor de ti y te da lo mejor de sí. El amor como fuerza que mueve montañas y borra fronteras. El amor que no sabe de países ni de lenguas -o sea, de idiomas, amigos-. El amor como muestra de lo mejor que tenemos. El amor. Il amore.
Así, tras il amore, comienza este nuevo viaje. Sin garantías y sin esperar nada. Para ver hasta dónde nos lleva esta fuerza que nos hace sumar millas y borrar distancias. Para ver qué tal nos va estando cerca. Para medirle el agua a los camotes, pues.

No, pues mejor todo junto, ¿no?
Como en toda nueva aventura, como en todo salto a lo desconocido, como en todo salto de fe, tengo miedo. ¡Pero me lo aguanto! (I’m mexican). Ya me chuté el estrés del aeropuerto, de las reservaciones, del presupuesto. Y estoy aquí, camino a un nuevo viaje en el que no tengo idea de qué va a pasar, ahuyentando de mi cabeza todos los “¿y si?”, caminando con el corazón lleno y radiante, tan lleno de amoooor. Y, con sólo una pregunta en mente:
¿Será este “EL viaje que me cambie la vida” o será esta la vida que me cambie el viaje?
Tu…muy bien! Ve con todo…
Con todo voy, hermanito 🙂