A veces pasa que hacemos planes, que anhelamos cosas, que soñamos una vida y que hacemos todo lo que consideramos necesario para que pase.
A veces, si tenemos suerte, las cosas suceden.
Y si tenemos mucha, mucha suerte, hasta ocurre todo como siempre lo quisimos.
Entre mis planes estaba el formar una familia con el amor de mi vida, tener hijos, una casa y un perro. Ser un completo y feliz cliché.
Desde hace tiempo he querido viajar, imaginaba que mis sueños podían volverse realidad en paralelo, que podía ser mamá, esposa, empresaria y viajera al mismo tiempo. Y necia como soy, que creo que sí es posible. Sólo que no en este momento de mi vida, tal vez después.
A veces pasa también que las cosas pasan, pero pasan de largo.
Y no es fácil darse cuenta. Necesitas algo que te sacuda, que te haga armarte de valor para aceptar que es hora de tomar otro camino.
También pasa a veces que las cosas pasan por algo.
En ese sueño paralelo de ser todo y a la vez poder viajar, me entró el deseo por visitar la Riviera Maya e irme por un mes, para medirle el agua a los camotes ver si era yo capaz de trabajar a distancia y de estar lejos de las personas que amo.
Para mí, no hay nada que me sacuda como viajar. Es como si desde el inicio del trayecto empezaran a desacomodarse cosas, a revolotear el espíritu, a contraerse el alma.
Este viaje me cambió la vida, para bien y para mal. Fue el principio del fin, o el inicio de un nuevo comienzo; depende de cómo se vea. Me volví un poquito más valiente, descubrí cosas que ya no quiero en mí y otras que siento como fortalezas.
Algo tiene el mar, o LA mar, como le dice Vero. Es la mar porque está llena de vida, es en sí el origen de la vida. En fin, algo tiene que atrae, que te llama cuando necesitas calma. Como si caminar por su orilla pudiera darte las respuestas que buscas o, al menos, a formularte las preguntas correctas.
Como si su sal se juntara con la tuya e hiciera que te fluya todo el llanto que has traído guardado desde hace tiempo. Como si el movimiento de sus olas te recordara que de eso se trata todo:
de no quedarse quieto, como el agua que se estanca, que debes moverte para fluir.
Así, llena de dudas, empezó este viaje de casi 4 semanas, con Giovannita, mi compañera de viajes de todo tipo. El destino: Cancún – Akumal – Bacalar.
CANCÚN
La idea del viaje era dejar de ser turistas e intentar vivir como locales, por dos razones: una, porque es más barato, dos: porque es más auténtico. En lugar de buscar un hotel, rentamos una habitación para 2 en una casa. Y fue de las mejores experiencias que he tenido: conocimos a un “polaco gringo” con quien no había de otra más que hablar en inglés; a una chica peruana y a 2 chicos colombianos.
Conocimos también a Eugenia, que vivía en la casa, una mujeraza chingonsísima y amable que nos trató increíble, platicamos mucho y siempre nos hizo sentir como en casa. El primer día nos acompañó al mercadito a comprar provisiones para la semana, ese día, comimos mi tradicional pasta con atún y chipotle, acompañada de una legendaria cerveza Superior.

La rubia que todos quieren 😛
Esta fue mi primera vez en Cancún y me pasó algo curioso, esperaba que Cancún fuera UNA playa y no, hay varias playas alrededor, como Playa Ballenas o Playa Tortugas. Cancún es una ciudad e-nor-me, muy agringada para mi gusto. Hay que evitar en todo lo posible usar taxis porque son carísimos, nos querían cobrar $250 mxn por un trayecto de unas cuantas calles. Dato curioso: depende de dónde tomes el taxi, también pueden llegar a cobrarte $30 mxn por un trayecto más largo, depende de si te ven “cara de turista”.
Como llegamos a una casa, que no estaba para nada cerca de la playa, tuvimos que tomar un taxi de a $30 pesitos y luego un camión que hizo como unos 45 minutos en llegar a Playa Delfines.
PLAYA DELFINES
Ah, las playas de la Riviera Maya: con su mar de colores turquesa y su arena tipo talco. Delfines es la playa donde están las letras de CANCÚN, es de “mar bravo” y con la arena como “de bajadita” (jajaja, mis descripciones). Ahí hay que tenerle (más) respeto al mar porque su oleaje es fuerte y como la playa no es plana, tanto entrar como salir del mar cuesta trabajo.

Playa Delfines, Cancún
Pero bueno, como yo siempre le he tenido miedo respeto al mar, sólo caminé un poco por la orilla, con el agua que mojaba mis pies, y que de pronto y de la nada me llegaba hasta la cintura (susto-susto-susto).
Antes de llegar, pensaba que al sentarme frente al mar, comenzaría a llorar sin parar. Que por fin me llegarían las respuestas que buscaba y podría dejar la incertidumbre de una vez y para siempre. Llegué, me senté, contemplé el mar, caminé por su orilla. Nada. Indecisión: ese era mi segundo nombre en esos días.
DE NUEVO CANCÚN
Pasaron varias cosas en “la casa de Cancún”. Una muy importante fue que Giovanna y yo discutimos un montón. Estábamos juntas tooodooo el día y, aunque ya habíamos viajado juntas antes, creo que nunca habíamos estado tanto tiempo todo-el-día-juntas. En el momento, se sentía muy feo pasar por eso, pero ahora a la distancia, creo que fue algo bueno. Porque nos hizo más honestas, más sinceras y ya somos capaces de decirnos sin miedo si no estamos de acuerdo con algo. Ahora somos más adultas y también más amigas. (Gracias Giovannita, te quiero mucho).
Otra cosa importante fue ver Juego de Tronos (jajaja). Si eres fan, sabes que fue importante. 🙂
Pero lo más, más importante fue darme cuenta de que sí puedo trabajar en cualquier parte, sólo necesito 3 cosas: internet, mi compu y mi celular. Con eso y un cuaderno para tomar notas y llevar los pendientes es más que suficiente. Bueno, y con mi cámara. Y ya, ora sí, con eso.

Nuestra casa/oficina en Cancún
Esto para mí fue un gran descubrimiento porque es lo que quiero hacer como proyecto de vida. Trabajar, sí. Viajar, también. Descubrir que puedo hacer ambas cosas a la vez es algo que me hace muy feliz, que me reta y que me impulsa para seguir adelante. Fue en Cancún que este blog dejó de ser sólo una idea y comenzó a materializarse.

Y por último, algo que fue bueno, pero a la vez no, fue darme cuenta de que tengo un límite. Mi plan era quedarme 4 semanas, pero sólo aguanté 3. Ya quería regresar y abrazar a mi mamá y a mi amor.
Un consejo: Hay que cuidarse siempre. Estar atentos. Los descuidos tienen consecuencias, en mi caso, una caída me dejó 3 vértebras lastimadas y mi espalda duele todos los días; ¿los accidentes ocurren? sí, ¿pudo haberse evitado? también. A veces el aprendizaje duele; siempre será mejor prevenir. Siempre.
Así que bueno, este viaje fue el primero de -espero muchos- otros viajes. Me falta contarles sobre Bacalar y Akumal. Nos leemos pronto.